¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO CAMBIAR?

¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO CAMBIAR?

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar? ¿Qué nos detiene a la hora de abandonar hábitos poco saludables o de alcanzar nuestros objetivos? ¿Cómo podemos superar esos obstáculos y transformar nuestra vida? Para responder a estas preguntas, vamos a echar un vistazo a los conceptos presentados por el Dr. Joe Dispenza en su libro «Deja de ser tú».

Joe Dispenza es un neurocientífico, autor y conferencista internacional. Es conocido por sus investigaciones y enseñanzas sobre la neuroplasticidad y la capacidad del cerebro humano para cambiar y mejorar. Dispenza ha escrito varios libros, incluido «Breaking the Habit of Being Yourself» y «You Are the Placebo», en los que explora cómo las personas pueden utilizar la mente para crear cambios positivos en su vida. Además, da conferencias y talleres en todo el mundo para enseñar a las personas cómo aplicar estas ideas en sus propias vidas.

A continuación, quiero compartir algunos extractos del libro «Deja de Ser Tú» de Joe Dispenza. En este libro, el autor se centra en la idea de cómo la mente y el cuerpo están interrelacionados y cómo se pueden reeducar a través de la práctica de pensamientos y emociones positivas para alcanzar una vida más satisfactoria y saludable. Además explora cómo nuestros pensamientos y emociones influyen en nuestro cuerpo y cómo podemos transformarnos a través de la comprensión de cómo funciona el cerebro.

¿Es la mente la que controla el cuerpo? ¿O es el cuerpo el que controla la mente?

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar? Imagínate que a tu madre le encante sufrir y después de una larga observación, inconscientemente supieras que esta forma de comportarse le hubiera permitido salirse siempre con la suya. Pongamos también que en la vida hayas tenido algunas experiencias muy duras que te han hecho sufrir. Estos recuerdos siguen provocándote una reacción emocional relacionada con una persona en concreto de un lugar y una época de tu vida. Has estado pensando en el pasado lo suficiente y estos recuerdos afloran a tu mente incluso de manera automática. Imagínate ahora que durante más de veinte años has estado pensando y sintiendo, sintiendo y pensando en el sufrimiento. Ahora, para sufrir, ya no necesitas pensar en el episodio del pasado.

Te resulta imposible pensar o actuar de distinta manera a lo que siempre estás sintiendo. Has acabado memorizando el sufrimiento con tus pensamientos y sentimientos recurrentes: el relacionado con aquel episodio y con otros de tu vida.

Tus pensamientos sobre ti y tu vida están condicionados por los sentimientos de victimización y autocompasión. Los mismos pensamientos y sentimientos que has estado teniendo durante más de veinte años han hecho que tu cuerpo recuerde la sensación de sufrimiento sin darte cuenta. Ahora esto te parece de lo más natural y normal. Es quien eres. Y siempre que intentas cambiar algo de ti, es como si volvieras al punto de partida. Vuelves a ser el mismo de siempre.

Lo que la mayoría de la gente no sabe es que al pensar en una experiencia con una fuerte carga emocional se activan en el cerebro las mismas secuencias y estructuras del pasado. Y al activarse, las redes neurales de esos circuitos se consolidan cada vez más. También se duplican las mismas sustancias químicas liberadas en el cerebro y el cuerpo (en diversos grados), como si en ese momento estuvieran viviendo de nuevo aquella experiencia del pasado. Estas sustancias químicas hacen que el cuerpo memorice aún más la emoción. Tanto los resultados químicos de pensar y sentir, y sentir y pensar, como las neuronas activándose y conectándose juntas hacen que la mente y el cuerpo activen una serie limitada de programas automáticos.

Los seres humanos somos capaces de revivir un episodio del pasado una y otra vez, tal vez millares de veces en la vida. Esta repetición inconsciente es la que habitúa al cuerpo a recordar ese estado emocional igual o mejor de lo que lo recuerda la mente consciente. Cuando el cuerpo lo recuerda mejor que la mente consciente, es decir, cuando el cuerpo es la mente, se le llama hábito.

Los psicólogos afirman que a los 35 años nuestra identidad o personalidad está completamente formada. Significa que los que superamos esa edad hemos memorizado una serie de conductas, actitudes, creencias, reacciones emocionales, hábitos, habilidades, recuerdos asociativos, respuestas condicionadas y percepciones que ahora llevamos dentro programadas sin que nos demos cuenta. Estos programas nos dirigen, porque el cuerpo se ha convertido en la mente.

Significa que seguiremos pensando, sintiendo y reaccionando de la misma manera de siempre, comportándonos del mismo modo, creyendo los mismos dogmas y percibiendo la realidad de la misma forma. El 95 por ciento de quien somos al cumplir los 40 es una serie de programas subconscientes que se han vuelto automáticos, como por ejemplo conducir un coche, cepillarnos los dientes, reaccionar de forma exagerada cuando estamos estresados, preocuparnos por el futuro, juzgar a los amigos, quejarnos de nuestra vida, culpar a nuestros padres, no creer en nosotros mismos y seguir insistiendo en nuestra infelicidad crónica, por nombrar unos pocos.

Dispenza es un defensor del potencial humano y cree que cada persona tiene el poder de transformar su vida a través de la práctica consciente y la conciencia.

Somos conscientes solo en apariencia

Dado que el cuerpo se convierte en la mente subconsciente, es fácil ver que en las situaciones en que el cuerpo se convierte en la mente, la mente consciente ya no es la que dirige nuestra conducta. En cuanto tenemos un pensamiento, un sentimiento o una reacción, el cuerpo funciona con el piloto automático. Obramos de manera inconsciente.

Pongamos, por ejemplo, que una madre lleva en coche a sus hijos a la escuela. ¿Cómo es posible que pueda conducir sorteando el tráfico, discutir con sus hijos, tomar café, cambiar de marchas y ayudar a su hijo pequeño a sonarse… al mismo tiempo? Estas acciones, como un programa informático, se han vuelto unas funciones tan automáticas que las realiza con desenvoltura y facilidad. Su cuerpo es un experto en llevarlas a cabo porque las ha memorizado a través de la repetición. Ya no necesita pensar en cómo las hará; se ha habituado a ellas.

Ten en cuenta que sólo el 5 por ciento de la mente es consciente, el 95 por ciento restante está dirigido por programas automáticos subconscientes. Hemos memorizado una serie de conductas tan a la perfección que se han convertido en automáticas en nuestro cuerpo-mente habitual. Y cuando el cuerpo ha memorizado un pensamiento, una acción o un sentimiento hasta el punto de que el cuerpo es la mente —cuando mente y cuerpo son uno—, estamos siendo (un estado del ser) lo que recordamos de nosotros mismos. Y si el 95 por ciento de quien somos a los 35 años depende de programas involuntarios, conductas memorizadas y reacciones emocionales habituales, es lógico que durante el 95 por ciento del día vivamos de manera inconsciente. Somos conscientes sólo en apariencia. ¡Caramba!

Aunque una persona desee ser feliz, estar sana o ser libre, la experiencia de haber almacenado veinte años de sufrimiento y de haber estado produciendo las sustancias químicas del sufrimiento y de la autocompasión de manera repetida han condicionado subconscientemente al cuerpo a vivir en este estado al que se ha acostumbrado. Cuando ya no somos conscientes de lo que pensamos, hacemos o sentimos, vivimos en la inconsciencia, nos dejamos llevar por los hábitos.

El mayor hábito que debemos dejar es el de ser el mismo de siempre.

Cuando el cuerpo es el que dirige el cotarro

Los siguientes ejemplos prácticos muestran el cuerpo funcionando en el mismo estado de siempre. ¿Te has olvidado alguna vez de un número de teléfono? Por más que lo intentas, no puedes recordar tres cifras del número. Pero al descolgar el auricular, lo marcas con los dedos sin ningún problema. Aunque el cerebro no se acuerde de él, lo has marcado tantas veces con los dedos que tu cuerpo lo recuerda mejor que tu cerebro. (Este ejemplo es para los que crecimos antes de que se inventara la función de marcado rápido o los móviles, aunque tal vez te haya pasado al teclear el PIN en un cajero automático o tu contraseña en Internet.)

También recuerdo que cuando iba al gimnasio, después de hacer ejercicio estaba tan cansado que no me acordaba de la combinación del candado de la casilla. Me lo quedaba mirando, intentando recordar en vano la secuencia de tres cifras. Pero cuando empezaba a girar el dial, me venía la combinación a la memoria como por arte de magia. Como lo había hecho tantas veces, mi cuerpo recordaba la combinación mejor que mi mente. El cuerpo se había convertido subconscientemente en la mente.

Recuerda que el 95 por ciento de quien somos a los 35 años depende de un sistema de memoria subconsciente en el que el cuerpo activa de forma automática una serie de conductas y reacciones emocionales programadas. Es decir, el cuerpo es el que dirige el cotarro.

En conclusión hemos visto cómo nuestros pensamientos y emociones tienen un impacto directo en nuestro cuerpo y en nuestra vida. Al comprender la conexión entre el cerebro y el cuerpo, podemos empezar a tomar medidas concretas para cambiar nuestro pensamiento y crear una realidad más positiva. Es importante recordar que el poder de nuestra mente es ilimitado, y que podemos lograr cualquier cosa que nos propongamos con la práctica y la perseverancia. Al final, la clave para el éxito es creer en ti mismo y en tus capacidades.

Dicen que para cambiar solo hace falta quererlo.

Por Aleja Bama

Acerca de Aleja

"El trabajo sobre sí mismo está en no mirar, ni juzgar a los demás, sino comprender que todo lo que está a mí alrededor, está en mi interior".

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